Sojo 2

El origen de todo (2)

Por Felipe Izcaray

El Maestro y el muchacho

“Felipe, anda a visitar al Maestro Sojo”, era la cantaleta de mi padre antes de mudarme a Caracas y en mis visitas vacacionales a Carora. Yo no me atrevía. Las historias sobre el gran caballero decimonónico me habían infundido un gran respeto rayano en el temor. Nunca lo había visto en persona, pero las referencias de mi padre sobre sus años como fundador del Orfeón Lamas, y de Vinicio Adames sobre sus años de estudiante en la José Angel Lamas hacían que me entrara un friíto a la hora de irlo a conocer. Decían que era muy estricto, muy bravo.

A principios de 1967 tomé la gran decisión. Iba a visitar al Maestro. Sabía que se había jubilado como Director de la Escuela Superior de Música, pero que seguía enseñando ahí, y que mantenía su oficina, al entrar a la escuela a mano derecha. Así que este muchacho de 16 años de edad tomó el autobús de San Bernardino (verde con blanco), donde vivía en la pensión de la gallega Sra. Corona, pagó su importe de Bs. 0.25 y llegó al centro de Caracas. Caminé hasta la esquina de Santa Capilla e ingresé a la Escuela, como a las 10 de la mañana.

La escuela la estaban remodelando, y las oficinas de secretaría y archivo estaban temporalmente en el auditorio. Ahí “atendía” el Sr. Claudio García Lazo, archivista y secretario de la institución, un hombre pequeño, de mirada esquiva, un poco encorvado. No era nada atento, y con algo de hostilidad me preguntó “¿Qué desea, joven?”, pronunciando “joven” con desdén.

FI: “Buíiiiiinas, yo vengo a hablar con el Maestro Sojo”

CGL: “Ah, ¿Sí?, el Maestro no está. y ¿Quién es usted?”

FI: “Yo soy un estudiante y cantante coral, hijo de un fundador del Orfeón Lamas”

CGL: “Ajá, ¿Y como se llama tu papá?”

FI: “Eduardo Izcaray”

CGL: “Yo no conozco de ningún Izcaray fundador del Orfeón Lamas, a ti como que te metieron un embuste”

FI: “Pues sí fue, y estuvo hasta que se mudó al interior”

Ya estaba a punto de dar media vuelta y huír de aquella incómoda situación. Si así era este funcionario, imaginaba que el Maestro Sojo sería más hostil todavía.

En ese preciso momento entró a la improvisada oficina un señor canoso y de lentes, al que reconocí porque tenía un disco de él con su foto. Era el gran maestro Moisés Moleiro, excelso pianista, docente y compositor de obras de teclado y de hermosas piezas corales como “La Primavera”, “El Alba”, “El Compae Facundo” y, por supuesto, su famoso joropo para piano. Sabía que había sido muy amigo y condiscípulo de mi padre en la cátedra de piano de Salvador Llamozas.

CGL: “Mira, muchacho, éste si es fundador del Orfeón Lamas. Maestro, este joven dice que su papá y que fué fundador del orfeón y que quiere saludar al Maestro Sojo. A mí no me suena el apellido”

MM: “Ah, muy bien, ¿Y como se llama tu papá, hijo?”

FI: “Eduardo Izc …..”

MM: “¡No me digas que eres hijo de mi querido Eduardo! Caaramba, muchacho, ¿Y donde está tu papá?”

Con la mirada fija en el ya cabizbajo García Lazo, le conté al amable maestro un poco de la vida de mi padre desde que dejó el orfeón y sus estudios de piano. Moleiro me dijo “Bueno, chico, encantado de conocer a un hijo de mi gran amigo. El Maestro Sojo se va a contentar mucho, porque para él los fundadores del Orfeón Lamas somos muy especiales. Yo creo que sí se va a acordar de Eduardo. Espera por ahí sentado al Maestro, el llega como a las 11 y media, y se sienta en su oficina”.

Esperé sentado en unas sillas a la entrada de la escuela, y unos 15 minutos más tarde se abrió la puerta y entró el mismísimo Maestro Sojo. Alto, erguido, elegante, con cabellera blanca, y vestido con traje negro con chaleco, y con un bastón con el que protagonizó una anécdota que me habían contado, cuando persiguió a bastonazos a un indiscreto fotógrafo que tomó unas no autorizadas imágenes del maestro en un pasillo.

Sojo entró a su oficina a mano derecha del pasillo de la entrada, y se sentó en su silla detrás del gran escritorio lleno de partituras y libros. Dejó la puerta abierta. Tragué fuerte, cogí fuerzas y me asomé a la oficina.

FI: “Buenos días, Maestro”

El gran músico miró por encima de sus lentes, se dio cuenta de que no era alguien conocido, y dijo “Ajá, dígame”

FI: “Maestro, yo soy de Carora (sonrisa inmediata), canto en coros y soy hijo de Eduardo Izcaray”….

Lo que siguió casi me mata del susto.

Sojo se levantó de su silla, rodeó su escritorio, bastón en mano (Creí que me iba a pegar) y gritó en alta fidelidad:

“¡CARAAMBAA! …»

… Y me dio un fortísimo abrazo. Me invitó a sentarme y comenzó a bombardearme con preguntas sobre mi papá, que donde estaba, que como fué a parar a Carora, que qué hacía yo, que si estudiaba en la universidad, que si estudiaba música, que cuantos hermanos tenía, etc. Acto seguido me invitó a almorzar en un modesto restaurant de unos chinos que le preparaban su dieta especial, una cuadra subiendo desde la esquina de La Pelota. La cara de asombro de García Lazo (Sojo lo llamaba “Garcilaso”) fue un poema épico. Debo aclarar que a partir de ese momento establecí una sincera amistad con Claudio, y me ayudó a conseguir algunas partituras que necesité.

Cuando finalizó el frugal almuerzo en la “taguara” de los chinos, me despedí del Maestro para asistir a mis clases en la UCV que eran de tarde. Sojo me dijo “Don Felipe de Macedonia, no se pierda, visíteme cuando quiera”.

FI: “No se preocupe, Maestro, le tomaré la palabra”.

Así comenzó una inusual amistad entre un mozalbete pueblerino, soñador de oficio, aspirante a músico, entusiasta cantante coral, resignado a estudiar una carrera que sentía que no era la suya, aunque le gustaba mucho, como era la Sociología, y el gran Maestro, el gran promotor de coros y orquestas, el defensor de nuestra música, el compositor de Canción Otoñal, Vuela Alma Mía, Introito Profano, El Jilguero; el hombre de ideas fuertes pero de generosidad ilimitada.

No lo podía creer, el muchacho se metió en la vida del Origen de Todo.

Más por venir.

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